Súper yo
No pretendo que este escrito se considere una oda a las sustancias, ni mucho menos. Busco homenajear la memoria de lo que fue un gran año, en una gran adolescencia. Usar la palabra como un medio que reconstruya un lugar en el tiempo en el que no era yo. Era un súper yo. Donde gozaba (con excepciones) de lo que considero, en retrospectiva, de un autoconocimiento y una consciencia en cuanto a mi entorno agresiva y excepcional. Como la máquina que ha sido modificada para funcionar a su máxima potencia en todo momento; incluso cuando no es necesario. Todo esto como consecuencia de una rutina marcada por experiencias psicodélicas de toda naturaleza, en todo momento.
Podría ahondar en la naturaleza de tales experiencias y en su contenido, pero temo que la palabrería derivada de estas anécdotas nos aleje del tema inicial. En su lugar, debemos remontarnos a los efectos que me brindaron los días posteriores a la toma de sustancias. La belleza del momento se releva, sobre todo, en lo que permanece después.
Para el momento en que escribo estas palabras, habrá ya una suficiencia de artículos que logren explicar el cómo afectan las sustancias psicodélicas el funcionamiento de la mente durante un “viaje”. Pero ahora mismo no nos interesa la experiencia inmediata, lo que interesa es hablar de los vestigios que ha dejado tras de sí la experiencia misma. Lo que sería una nueva forma de comunicarse con uno mismo. Caminos que pueden llevar a uno a descubrir nuevos paisajes dentro de ti que hasta ese momento se hallaban inhabitados.
Claro que todas estas metáforas, para cualquier persona que no haya estado en contacto con el consumo de psicodélicos, las percibirá como carente de sentido. Hasta el momento en el que consumen. Entonces todo hace clic. Sin importar cual sea la idea que tengas como precedente, o bien tus expectativas, nada será lo que esperas que sea. Es algo totalmente nuevo. No hay animales de colores que viajan por el cielo. Sí que puedes llegar a ver cosas extrañas, muy extrañas. Pero concentrémonos en lo que sucede adentro, ya que considero que, la magia sucede cuando cierras los ojos. Visiones, recuerdos, sonidos. Tu concepción de lo que significa el bien y el mal. El ego y lo que habita dentro de ti. El tiempo que pasa en forma de un momento eterno.
Es ahí cuando piensas… Piensas. Piensas. Piensas. No haces otra cosa más que pensar y no hay nada que puedas hacer al respecto. Pensar se convierte en tu cruz y en tu virtud. Una cruz cuando quieres mantener una conversación y las palabras salen, pero ya no las escuchas. Tu presencia se limita a la de un observador, donde dudas si sus gesticulaciones son genuinas y juzgas la entonación con la que afirman hechos. Quieres entender la naturaleza de su comportamiento: ¿Por qué habla como habla? ¿Por qué actúa como actúa? ¿Por qué piensa y habla de tal manera? Estás en una búsqueda sin fin donde el único objetivo es encontrar la verdad. Pero ¿verdad de qué? Todo son preguntas y tú estás para responderlas. Es ahí cuando entra la virtud, dado que cuanto más preguntas, más descubres. Es un estado constante de reflexión que no hace sino nutrir tu entendimiento sobre ti mismo y lo que te rodea.
Como nada es para siempre, este pensamiento mecánico se esfuma lentamente si no tienes una constancia en tus rutinas diarias. Cuando envenenas tu mente, puedes notar como la llama que arde dentro de ti baja paulatinamente de intensidad. Aquí el ocio no es el problema, es el exceso de este. El tiempo pasa y te sientes menos inteligente, menos ávido. Te encuentras ante situaciones de conflicto con menos recursos que antes. Ya no hay preguntas y respuestas, ahora hay mucho ruido. Hay gran bola negra y espesa que se interpone entre todas tus ideas y vuelves a ser el mismo hombre que antes. Antes del súper yo.
Ahora hay que dar marcha atrás, detener esta contaminación que inunda los pensamientos y transformar la mente. Cambiar el entorno y aplicar filtros al contenido que se consume de manera diaria. Volver a priorizar el pensamiento crítico. Recordar, reconstruir y recuperar.

